Manolito tiene suerte. Entre sus buenos amigos, tiene a su compañera de clase Carolina y a Pepe, el entrenador del club de natación, que lo ayuda a descubrir su deporte. Ser portero en el equipo de waterpolo se ha convertido en su objetivo principal. Claro, esto no se hizo realidad en una noche. Manolito tuvo que prepararse durante muchas semanas para estar en forma porque antes, no hacía nada, se quedaba siempre sentado solo en el sillón delante de la tele. Sin embargo, con Carolina y Pepe, ¡es genial! Son pacientes y lo felicitan por los progresos que hace poco a poco. Manolito empieza a tener cada vez más confianza en sí mismo y se prepara para llegar a ser un buen portero. Entre sus compañeros del equipo de waterpolo, nadie tuvo la idea de burlarse de él a causa de su peso. Al final, todos quieren ganar a todo coste un partido importante para ser campeones regionales. En la escuela, por el contrario, sigue siendo insoportable para el pobre Manolito.
A diferencia de sus buenos resultados en el equipo de waterpolo, Manolito y Carolina siguen siendo suplentes cuando sus compañeros juegan al ratabalón (los humanos llaman a este deporte el fútbol) durante las clases de educación física. También son los últimos en ser elegidos para formar los equipos. Siempre los dejan de lado en la cancha y nadie les pasa el balón porque no pueden seguramente correr tan rápido como los demás. Sin embargo, algunos días después de su cumpleaños, Manolito hace de tripas corazón e insiste en ser el portero.
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